Tener la suerte de recordar tu propio nacimiento no está al alcance de todos. Sin embargo yo puedo vanagloriarme de haberlo vivido en directo. Mi familia hace las cosas a lo grande. Mi padre, ya lo conocen, el Estado español, y mi madre, como se imaginan, la Cultura, decidieron a principios de los años noventa agrandar su familia. Y como en esta materia no hay nada escrito (yo en estos momentos tengo unas cincuenta familias en mi casa, ¿sorprendente, no?; pero de ellas ya les hablaré otro día) pensaron que lo mejor sería tener muchos hijos y, además, repartidos por todo el mundo.La noticia de mi bautizo corrió como la polvora, lo que no es de extrañar dado que pocos pueden jactarse de tener como madrina, a la Lengua, y como padrino, a Miguel de Cervantes Saavedra.
Bueno, he prometido ser sincero. Confieso que mi concepción fue por (léase los más rápidamente posible) Ley 7/1991, de 21 de marzo, por la que se crea el Instituto Cervantes. Con esta partida de nacimiento comprenderán que prefiero dejar a mi mente soñar con una creación más romántica, con unos padrinos ilustres y rodeado de hermanos. Y seguro que mi padrino estaría totalmente de acuerdo conmigo. Menudo era Miguel... También les contaré otro día algún que otro secretillo de él.
"Todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Que toda la vida es sueño,
y los sueños sueños son",
decía Calderón de la Barca. En mi caso, yo sueño lo que no soy, y no es por llevarle la contraria al bueno de Calderón, pero todos mis sueños forman parte de mi vida. Y cuando pienso esto, veo por el rabillo del ojo como sonríe mi padrino.

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